Macario

DoebuckDe overol y gorra de beisbol, el viejo venía en su bici por nuestro caminode tierra.

«Macario,» le saludé, «¿qué te trae a Semiway?»

El Rojo corrió a lamer la mano de Macario.

«Casi nada....» replicó Macario, «que vengo a ver al Presidente! Esta mañana fui a llevarle su correo a doña Lila  y Trompadas me paró y me preguntó que si yo vería al Presidente y cuando le dije que no, él dijo pues que el Presidente estaba aquí en Semiway haciendo campaña y que la gente como Macario deben de ir y verle. De manera que aquí estoy...»

Macario sonrió y recorrió con la vista todo el campo de soya, buscando al
Presidente.

«Macario, el Presidente no vino hoy,» le dije, «fue un buen detalle por tu
parte que vinieras a recibirle, pero aquí sólo estamos el Rojo y yo.»

Macario pareció un poco dolido.

«Bueno,» dijo al fin con   una sonrisa, «Hoy ya vi una buena porción de
campo, así que mejor me voy a mi casa.»

Y sin más, montó en su bici y emprendió el regreso de cinco kilómetros hasta la ciudad.

«Rojo» dije entonces, «todo el mundo le gasta bromas a Macario. Pero no hay nadie más bueno que él en todo el mundo. Es dulce como un  niño y más sabio que ninguno de nosotros. El Presidente haría bien en venir aquí sólo para conocerle.»

«Y tú, Rojo,» continué, «tú le lamiste la mano. Nadie tuvo que decirte que
Macario es una bella persona.»

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